Londres desde las alturas

El lunes 27 amaneció con una tristeza anticipada. Era nuestro sexto día en Londres y también el último, la jornada en la que cada paso parecía contener ya una despedida. Por la tarde tendríamos que emprender el regreso a España, pero todavía nos quedaba una mañana entera para seguir descubriendo la ciudad, para apurar sus últimas horas y guardar en la memoria cuanto aún pudiéramos abarcar con los ojos.

Gema, Rodrigo y yo dedicamos aquella mañana a visitar la catedral de San Pablo. St. Paul’s Cathedral se levantó ante nosotros con su grandeza barroca, solemne y serena, como si llevara siglos vigilando el corazón de Londres. Su inmensa cúpula dominaba el paisaje y parecía sostener no solamente el cielo, sino también una parte esencial de la historia británica. Aquel edificio, que había sobrevivido a guerras, incendios y bombardeos, era algo más que una obra maestra de la arquitectura: era un símbolo de la capacidad de una ciudad para permanecer en pie cuando todo alrededor amenaza con derrumbarse.

Entramos sin prisas, dispuestos a dejarnos envolver por su silencio. La luz descendía desde lo alto y se repartía suavemente por las naves, rozando las columnas, los mármoles y las esculturas. Durante horas contemplamos la cúpula, aquel prodigio que parecía abrir una ventana hacia lo infinito. Levantábamos la cabeza una y otra vez, atraídos por su altura, por sus pinturas y por aquella sensación de que la arquitectura podía vencer por un instante a la gravedad.

Nos detuvimos ante el púlpito, sede de la palabra, y recorrimos lentamente cada rincón. En este púlpito habló el líder de los derechos civiles estadounidenses, Martin Luther King Jr el 6 de diciembre de 1964.

Wren diseñó la planta de la catedral rompiendo con los esquemas medievales tradicionales; dispuso el gran espacio bajo la cúpula para albergar el púlpito, permitiendo que la congregación tuviera una visibilidad directa desde la nave central.

No queríamos limitarnos a mirar: deseábamos comprender, sentir y conservar. Había lugares que invitaban al recogimiento y otros que despertaban el asombro. Cada detalle tenía algo que contar, desde la grandiosidad del conjunto hasta los pequeños adornos que podían pasar inadvertidos a quien caminara con demasiada prisa.

Quizá porque era nuestro último día, aquella visita tuvo para nosotros un significado especial. La catedral parecía pedirnos que nos detuviéramos, que olvidáramos durante unas horas el equipaje, los horarios y el avión que nos esperaba. Y nosotros obedecimos. Permanecimos allí prácticamente toda la mañana, entregados a la contemplación, dejando que San Pablo se convirtiera en una de las últimas imágenes profundas de nuestro viaje. Cuando salimos de la catedral, Londres nos recibió de nuevo con su movimiento incesante. La ciudad continuaba con su vida, indiferente

Hay una sensación extraña al descubrir en el espejo
de un gran edificio de la City
la arquitectura de otro más antiguo.

Es como una gran ballena de cristal tragándose
la vida del pasado.
Juegos divertidos de la arquitectura
que, como una matrioska,
te hacen mirar la realidad desde otros ángulos.

 Nos reunimos para comer con Lucía, Carlos y Jose. Compartimos la mesa, la conversación y esos instantes sencillos que, al concluir un viaje, adquieren un valor inesperado. Entre palabras y recuerdos comenzamos, casi sin darnos cuenta, a ordenar todo cuanto habíamos vivido durante aquellos días.

Después de la comida, mi cuñada Lucía, Gema, Rodrigo y yo nos dirigimos hacia uno de los rascacielos de la City. Cambiamos el silencio sagrado de la catedral por el rumor del distrito financiero, donde los edificios de cristal se elevan como enormes navíos verticales. Allí, entre reflejos, acero y fachadas que parecían multiplicar el cielo, subimos a 22 Bishopsgate, el gigante de 278 metros que domina las alturas de la City.

El ascensor nos llevó hasta aquel mirador suspendido sobre Londres. Cuando llegamos arriba, la ciudad se desplegó ante nosotros como un mapa vivo. Desde las alturas, todo parecía distinto: las calles se convertían en líneas, los vehículos en puntos diminutos y el Támesis en una cinta brillante que enlazaba épocas, barrios y recuerdos.

Contemplamos Londres desde aquella atalaya como quien repasa las páginas de un libro antes de cerrarlo. Allí estaba la cúpula de San Pablo, que acabábamos de abandonar; más allá, las torres y los puentes; a lo lejos, los edificios que habíamos aprendido a reconocer durante nuestro recorrido. Cada monumento señalaba un instante vivido, una caminata, una conversación, una sorpresa. La ciudad entera parecía ofrecernos un resumen silencioso de nuestro viaje.

Desde aquel piso elevado pudimos abarcar de una sola mirada lo que durante seis días habíamos recorrido paso a paso. Londres ya no era únicamente una sucesión de lugares famosos. Era el cansancio de las caminatas, la emoción de los descubrimientos y la alegría de compartirlos. Era también Rodrigo mirando por primera vez una ciudad extranjera, desenvolviéndose con su inglés y descubriendo que el mundo era mucho más amplio de lo que hasta entonces había imaginado.

Durante unos minutos permanecimos ante los ventanales sin decir demasiado. Había momentos en los que las palabras resultaban innecesarias. Abajo, Londres seguía latiendo. Nosotros, en cambio, comenzábamos ya a alejarnos de ella, aunque nuestros cuerpos todavía permanecieran allí.

Finalmente hubo que descender. Regresamos al hotel, recogimos las maletas y comprobamos que no quedara nada olvidado. Sin embargo, siempre queda algo en la habitación de un hotel cuando termina un viaje: el eco de las conversaciones, el cansancio de las noches y esa extraña sensación de haber habitado durante unos días una vida diferente.

Tomamos el tren hacia el aeropuerto Gatwick. A través de la ventanilla vimos cómo la ciudad iba retrocediendo poco a poco, deshaciéndose en barrios, estaciones y paisajes cada vez más lejanos. Después llegaron la aduana, los controles, las esperas y los pasillos impersonales del aeropuerto. Todo parecía conducirnos, inevitablemente, hacia el final.

El avión despegó y Londres quedó abajo, convertida primero en una extensión de luces y después en una oscuridad atravesada por pequeñas constelaciones terrestres. Durante las tres horas de vuelo regresaron a nosotros muchas imágenes: el Parlamento iluminado, el Big Ben, Trafalgar Square, los museos, las avenidas, las iglesias, los puentes y la corriente interminable del Támesis. También volvió la imagen de San Pablo, con su cúpula elevándose sobre la ciudad, y la de Londres contemplada desde las alturas, inmensa y cercana a la vez.

Llegamos a España de noche. Cuando alcanzamos Badajoz era ya madrugada. Volvíamos cansados, con las maletas llenas de ropa y la memoria llena de lugares. Rodrigo regresaba después de su primer viaje en avión y de su primera experiencia en el extranjero. Gema y yo regresábamos con la emoción de haber compartido con nuestro hijo una aventura que difícilmente olvidaríamos.

Así terminó nuestro paseo por Londres: no con un adiós definitivo, sino con una promesa silenciosa de volver. Porque hay ciudades que se visitan y ciudades que permanecen dentro de nosotros. Londres pertenecía ya a estas últimas. La habíamos dejado atrás, al otro lado de la noche, pero una parte de su luz viajaba de regreso con nosotros.

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