El color y la memoria

El sábado 25 amaneció con una promesa de colores. Después del desayuno salimos hacia la National Gallery, ese gran templo de la pintura levantado frente al espacio abierto de Trafalgar Square. Ya desde el exterior, el edificio parecía custodiar un mundo silencioso, una ciudad dentro de la ciudad, habitada no por hombres y mujeres de carne y hueso, sino por miradas, paisajes, luces detenidas y antiguas emociones.

Entrar en la National Gallery fue cruzar una frontera invisible. Londres quedó por un momento al otro lado de sus puertas y comenzamos un viaje por siglos de pintura. Cada sala abría un tiempo distinto; cada cuadro era una ventana por la que asomarse a otra época. Allí estaban los grandes maestros, hablándonos desde la distancia, diciéndonos cosas que no necesitaban palabras. Turner convertía la luz en niebla, el cielo en incendio y el mar en una fuerza casi espiritual. Otros pintores nos conducían hacia jardines, palacios, calles, campos y rostros que parecían conservar todavía el temblor de la vida.

Caminábamos despacio, casi con respeto, porque en un museo así uno no contempla solamente las obras: también siente que las obras lo contemplan a uno. Había figuras que parecían seguirnos con los ojos, paisajes que invitaban a entrar en ellos y colores que guardaban intacto el asombro de muchos siglos. Cada sala era un nuevo descubrimiento, una sorpresa aguardándonos detrás de una puerta. El tiempo se volvió diferente, más lento y más profundo. Dejamos de contar las horas porque allí las horas se medían con otra clase de reloj: el de la belleza.

Aquel paseo por la National Gallery fue un disfrute extraordinario. Los cuadros no permanecían encerrados en sus marcos; salían a nuestro encuentro y nos hablaban de otros momentos, de otras formas de mirar el mundo, de guerras y amores, de fe, de poder, de soledad y esperanza. Comprendimos que la pintura puede ser también una conversación secreta entre quienes vivieron hace siglos y quienes se detienen hoy ante sus obras.

Cuando regresamos a la calle, Trafalgar Square nos recibió con su amplitud, sus fuentes y sus leones oscuros vigilando los pies de la columna de Nelson. Después del silencio recogido de las salas, la plaza parecía todavía más viva. Paseamos un poco por ella, aunque aquel día no pudimos recorrerla con tranquilidad. Una manifestación ocupaba buena parte del espacio y llenaba los alrededores de pancartas, voces y movimiento. La plaza había dejado de ser únicamente un lugar monumental para convertirse en escenario de las inquietudes del presente. Londres nos mostraba así sus dos rostros: el de la historia conservada en los museos y el de la actualidad que se expresaba en las calles.

Tomamos entonces un autobús y nos dirigimos hacia Waterloo estación. La ciudad fue desfilando detrás de los cristales: edificios solemnes, esquinas inesperadas, peatones apresurados y esa mezcla de antigüedad y modernidad que convierte cada trayecto londinense en una pequeña aventura. Cerca de la estación nos esperaba un lugar completamente diferente a la elegancia serena de la National Gallery: Leake Street, el célebre túnel de los grafitis, conocido también por su relación con Banksy.

Entrar allí fue penetrar en las entrañas de otro Londres. Si por la mañana habíamos contemplado cuadros protegidos por marcos dorados y paredes silenciosas, ahora la pintura se extendía libremente sobre los muros. No había solemnidad ni distancia. Todo era inmediato, rebelde y cambiante. Letras gigantes, rostros imposibles, animales fantásticos, firmas, consignas y explosiones de color se amontonaban unas sobre otras. Cada artista había dejado su huella sabiendo que, quizá al día siguiente, otra mano cubriría su obra con una imagen nueva.

El túnel tenía una belleza extraña. La escasa iluminación creaba maravillosos claroscuros y hacía que las figuras surgieran de las paredes como apariciones. Las sombras se mezclaban con los colores; el ruido de los pasos se prolongaba bajo los arcos y el olor de la pintura parecía recordarnos que aquel museo subterráneo continuaba vivo. Allí nada era definitivo. Los muros respiraban, cambiaban y se renovaban sin cesar.

Ante aquello me preguntaba con unos versos:

¿Cómo entender la realidad sin color?
Hasta en el espacio más oculto
brota ese tono de la vida
que marca el norte de la esperanza.
¿Cómo saber ?

Disfrutamos muchísimo recorriendo aquel pasadizo. Era como si durante un mismo día hubiéramos visitado dos extremos del arte: primero, las obras consagradas por el tiempo en la National Gallery; después, la creación espontánea y efímera de Leake Street. En un lugar, los cuadros hablaban desde siglos lejanos; en el otro, los grafitis gritaban desde el presente. Sin embargo, todos parecían responder a una misma necesidad humana: dejar una señal, contar algo, afirmar que alguien estuvo allí y miró el mundo de una manera distinta.

Al salir del túnel continuamos paseando por los alrededores de la estación de Waterloo. En la entrada de la Estación una banda tocaba rock, maravilloso.

¿Qué sería de la vida sin la mística del ritmo?
¿Qué sería de las ciudades sin estos encuentros
que nos hacen sentir vivos?
¿Qué sería de nosotros

sin las cadencias de la música ?

La tarde fue cayendo poco a poco sobre Londres. Las luces comenzaron a encenderse y el ir y venir de los viajeros llenó las calles de una melancolía difícil de explicar. Cada persona parecía llevar consigo una historia y un destino.

La tarde en Londres tiene color de fantasía,
roja y azul, como los sueños.

Así se nos pasó el sábado 25: caminando entre la pintura eterna y el arte fugaz, entre los grandes salones de la National Gallery y las paredes inquietas del túnel de Banksy. Fue un día dedicado a las imágenes, pero también a las emociones. Londres volvió a demostrarnos que el arte no vive únicamente en los museos: puede esperarnos en una plaza, en el interior de un túnel o sobre una pared húmeda junto a una estación.

Y cuando regresamos al hotel, llevábamos todavía en los ojos los cielos de Turner, los rostros de los viejos maestros y los colores rebeldes de Waterloo. Aquel día, Londres había sido un inmenso lienzo, y nosotros habíamos tenido la fortuna de caminar por su interior.

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