Entre la música y la memoria

El domingo 26 amaneció con esa extraña claridad de los días que anuncian una despedida. Londres seguía desplegándose ante nosotros, inmensa y misteriosa, pero comenzábamos a mirarla con la melancolía de quien sabe que muy pronto deberá marcharse.

Después del desayuno, tomamos el autobús número 24 en la puerta del hotel y nos dirigimos hacia Camden Town, al noroeste de la ciudad. Durante el trayecto, Londres desfilaba detrás de los cristales: las casas alineadas, los semáforos, los árboles, la multitud apresurada y ese cielo cambiante que parecía formar parte del carácter de la ciudad.

Camden nos recibió como una explosión de colores, sonidos y aromas. Allí se encuentra el famoso Camden Market, un mercado enorme y vibrante, lleno de pasadizos, puestos y rincones inesperados. Era como entrar en un laberinto construido con ropa vintage, artesanía, discos, carteles, objetos extravagantes y comidas procedentes de todos los lugares del mundo. El ambiente era alternativo, punk y bohemio; un pequeño universo rebelde instalado junto a las aguas tranquilas del canal.

Nos dejamos llevar sin rumbo por aquel territorio fascinante. Cada pasillo conducía a otro diferente; cada puerta parecía ocultar una sorpresa. Entramos en una tienda donde la música sonaba con tanta fuerza y tanta alegría que era imposible permanecer quietos. Alguien pinchaba canciones maravillosas y, por un instante, dejamos de ser simples visitantes. Algunos comenzamos a movernos al ritmo de la música, pero fue especialmente, Gema, mi mujer quien se entregó al baile con una espontaneidad luminosa. Allí, entre desconocidos, luces y melodías, la vimos disfrutar como si Camden hubiese preparado aquel momento solamente para ella.

La música nos acompañó todavía durante algún tiempo, incluso después de abandonar el mercado. Sin embargo, el día iba a cambiar de tono.

Al mediodía llegamos al Imperial War Museum. Pasamos de la fiesta de Camden a la memoria de la guerra; del bullicio de los mercados al silencio doloroso de la historia. El museo nos recibió con aviones, armas, uniformes, fotografías y restos de un pasado que, en realidad, nunca termina de pasar.

Recorrimos las salas dedicadas a la Primera y a la Segunda Guerra Mundial. Cada objeto encerraba una ausencia; cada fotografía parecía conservar una mirada detenida para siempre. Aquello no era únicamente una exposición de fechas, batallas y ejércitos. Era el testimonio de la barbarie, el relato de todo cuanto el ser humano puede destruir cuando se deja arrastrar por el odio, la ambición o el deseo de poder.

Mientras avanzábamos por las salas, comprendíamos que el hombre no tropieza una sola vez con la misma piedra. Tropieza de nuevo, vuelve a caer y levanta después monumentos para recordar aquello que no debería repetirse. Pero la guerra regresa con distintos nombres, con nuevas banderas y con idénticas lágrimas.

El museo nos obligaba a mirar de frente ese impulso feroz que acompaña a la humanidad desde hace siglos. Tras cada arma había una mano; tras cada uniforme, una vida; tras cada cifra, una familia que había esperado inútilmente el regreso de alguien. Salimos de allí con una sensación difícil de explicar, como si lleváramos sobre los hombros una parte del dolor contemplado.

En la calle, Londres continuaba viviendo.

Nos dirigimos hacia Horse Guards Parade, el gran espacio ceremonial de los guardias a caballo. Después, nuestros pasos nos condujeron por los alrededores de St James’s Park. Allí, la naturaleza parecía querer devolvernos la serenidad que el museo nos había arrebatado. Las ocas caminaban con solemne tranquilidad y las ardillas corrían entre los árboles, se acercaban a los visitantes y desaparecían de pronto entre la hierba. En medio de una ciudad marcada por tantos siglos de historia, aquellos animales disfrutaban sencillamente del instante, ajenos a las guerras, a los imperios y a la memoria de los hombres.

Nos detuvimos en algunos rincones. Ya no caminábamos con la urgencia de los primeros días. Queríamos prolongar el paseo, guardar cada imagen, retrasar la llegada de la despedida. Pero el camino, como si conociera nuestro destino, terminó llevándonos hasta el Palacio de Buckingham.

Allí se levantaba de nuevo la imagen solemne de la monarquía británica, con su fachada majestuosa y sus verjas doradas. Frente al palacio resplandecía el gran monumento dedicado a la reina Victoria. Bajo aquella figura blanca, rodeados de turistas procedentes de todas partes, sentimos que nuestro viaje comenzaba a cerrarse.

Buckingham Palace ya no era solamente un edificio famoso contemplado en fotografías. Formaba parte de nuestros pasos, de nuestro cansancio y de nuestra memoria. Londres había dejado de ser un punto en el mapa para convertirse en una sucesión de instantes compartidos: el primer vuelo de Rodrigo, las calles nocturnas, los museos, los autobuses, las plazas, las risas y la emoción de descubrir juntos una ciudad desconocida.

Mientras contemplábamos el palacio, nos despedíamos en silencio. Aún permanecíamos allí, pero una parte de nosotros ya comenzaba a regresar.

Volar alto sin perder el norte
y mantener el contacto seguro
de la tierra, esa dura realidad
de los extraños que miran la gloria
sin desearla.

Vivir lo humano es la victoria de cada día.

El domingo había empezado entre los colores y la música de Camden, había atravesado después las sombras de la guerra y concluía ante la blanca serenidad del monumento a la reina Victoria. Alegría, dolor y belleza habían convivido en un mismo día, como conviven también en las grandes ciudades y en la propia vida.

Londres quedaba frente a nosotros, majestuosa e indiferente, mientras nosotros intentábamos conservarla para siempre. Y cuando finalmente nos alejamos de Buckingham Palace, comprendimos que abandonar una ciudad no significa perderla. Hay lugares que, después de ser vividos, continúan caminando dentro de nosotros.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Share