Un viaje por la historia de la vida

El jueves 23 amaneció con esa mezcla de cansancio y expectación que acompaña a los grandes viajes. Después del desayuno, salimos del hotel y tomamos el autobús casi en la misma puerta. Londres comenzaba a desplegarse detrás de las ventanillas: calles todavía húmedas de la mañana, edificios solemnes, árboles que parecían custodiar el paso de los viajeros.

La ciudad nos llevaba hacia Kensington y nosotros, aún sin saberlo, íbamos al encuentro de la historia entera de la Tierra.

El Museo de Historia Natural apareció ante nosotros como una catedral consagrada a la vida. Su fachada de Cromwell Road, levantada a finales del siglo XIX por Alfred Waterhouse, reunía en la piedra la gravedad del románico, la verticalidad del neogótico y la elegancia orgullosa de la época victoriana. No parecía un museo, sino un palacio antiguo concebido para guardar los secretos del planeta. Cada arco, cada torre y cada ventana anunciaban que, al atravesar aquellas puertas, el tiempo dejaría de medirse en años para comenzar a contarse en millones de siglos.

En el interior, el museo se abría como un enorme mapa dividido en colores: azul, verde, rojo y naranja. Cada zona era un territorio distinto; cada sala, una puerta hacia otro mundo.

En la zona azul aguardaban los dinosaurios, aquellos gigantes extinguidos que todavía parecen gobernar nuestra imaginación. Sus esqueletos se alzaban sobre nosotros como los restos de un ejército vencido por el tiempo. Allí estaban también los animales marinos, los peces, los reptiles y los invertebrados: criaturas conocidas y extrañas que demostraban la infinita imaginación de la naturaleza.

Pero la gran presencia del museo era Hope, la ballena azul suspendida en el inmenso Hintze Hall. Parecía navegar por un océano invisible bajo las bóvedas del edificio. Su esqueleto colosal flotaba sobre nuestras cabezas con la ligereza imposible de un sueño. Se llamaba Esperanza, y quizás no había nombre más apropiado para aquel animal que nos recordaba, al mismo tiempo, la grandeza y la fragilidad de la vida.

El Hintze Hall era el corazón arquitectónico del museo. Desde allí se abrían las salas de los fósiles, las aves, los minerales, la ecología y la evolución. La zona verde hablaba de la vida en todas sus formas: de las plantas que crecen en silencio, de los pájaros que conquistaron el aire, de las especies que cambiaron lentamente para sobrevivir. Parecía decirnos que la naturaleza escribe su historia sin palabras, utilizando huesos, hojas, plumas y piedras.

Después llegamos a la zona roja, donde la Tierra dejaba de ser un paisaje tranquilo para mostrar su fuerza más profunda. Una enorme representación del globo terráqueo se levantaba en medio de una estructura metálica, como si hubieran encerrado el planeta dentro de una máquina. Allí se explicaban los volcanes, los terremotos y los movimientos secretos que agitan el interior del mundo.

Entramos en un simulador que reproducía las sacudidas de un terremoto real. El suelo comenzó a moverse bajo nuestros pies y, durante unos instantes, dejamos de ser simples visitantes. La Tierra parecía rebelarse, recordándonos que aquello que creemos firme también puede estremecerse. Cuando salí, el temblor había terminado, pero mi cuerpo tardó mucho más en comprenderlo. Durante horas conservé una sensación de mareo y malestar, como si el terremoto hubiera quedado dentro de mí y continuara sacudiéndome en silencio.

En la zona naranja nos esperaba el Centro Darwin, el ala científica moderna del museo. Para mí, aquel lugar tenía una importancia especial. El nombre de Charles Darwin parecía acompañarnos entre colecciones, laboratorios y muestras conservadas. Allí se hacía visible el trabajo paciente de la ciencia: observar, comparar, dudar y volver a mirar. Pensé en cuánto le debemos a aquel hombre que se atrevió a contemplar la vida no como algo inmóvil, sino como un río que cambia sin detenerse. El Centro Darwin era, en cierto modo, un homenaje a la curiosidad humana, a esa necesidad nuestra de formular preguntas aun sabiendo que cada respuesta abrirá nuevos interrogantes.

Cuando abandonamos el museo, llevábamos la cabeza llena de dinosaurios, ballenas, minerales, volcanes y teorías sobre la vida. Habíamos viajado desde el nacimiento de la Tierra hasta el presente sin salir de un edificio.

Después nos dirigimos hacia Hyde Park y los jardines de Kensington. Allí, bajo la mirada solemne del memorial del príncipe Alberto, nos detuvimos para comer. El parque tenía la grandeza tranquila de los espacios abiertos, aunque el verano había borrado el verde del suelo. La hierba estaba tan seca que casi había dejado de ser césped. Aun así, nos tendimos sobre ella, vencidos por la modorra del mediodía, y dormimos un poco.

Fue un sueño breve, ligero, de viajeros cansados. Sobre nosotros se extendía el cielo de Londres; alrededor, la ciudad seguía moviéndose mientras nosotros permanecíamos allí, inmóviles, como si también nos hubiéramos convertido por unos minutos en piezas de museo.

Cuando recuperamos las fuerzas, caminamos hasta Harrods, los grandes almacenes más famosos de Londres. Al entrar, pasamos de la austeridad del parque a un universo de lujo y resplandor. Todo parecía cuidadosamente dispuesto para despertar el deseo: los escaparates, las luces, los perfumes, las escaleras y los salones. Su viejo lema, Omnia omnibus ubiquetodo para todos, en todas partes— parecía prometer un mundo entero encerrado en aquel edificio de Knightsbridge, sobre Brompton Road.

Contemplamos trajes que probablemente nunca compraríamos y artículos cuyo precio convertía cualquier impulso en prudencia. En la zona gastronómica, las delicatessen brillaban tras los mostradores como pequeñas obras de arte comestibles. Las observábamos con admiración y con cierto respeto, porque había manjares tan costosos que casi daba miedo preguntar por ellos. Sin embargo, lo pasamos estupendamente. A veces el lujo también puede disfrutarse de lejos, con los ojos, con el asombro y con alguna sonrisa cómplice.

Desde allí nos encaminamos hacia Piccadilly Circus. La célebre plaza apareció ante nosotros como un escenario de luces, tráfico y multitudes. Las calles se cruzaban en todas direcciones; las tiendas encendían sus escaparates y los grandes anuncios iluminaban la tarde. Londres mostraba allí su rostro más vivo y moderno. Después del silencio de los fósiles, de la calma de Hyde Park y de la elegancia de Harrods, Piccadilly era movimiento puro: una corriente humana que no parecía detenerse nunca. La figura de Anteros se elevaba majestuosa sobre la fuente, ahora vallada. La visión del hijo de Afrodita, en medio de esta plaza me llevaba a pensar en lo que él representaba, en la personificación del amor correspondido y a la vez el vengador del amor sin correspondencia.

Estábamos viviendo la ciudad y en Piccadilly brotaron estos versos

Vivir esta ciudad envuelta en lenguas,
en risas, en el dolor cotidiano, en desvelos.
Una babel singular.

Vivir la ciudad bajo la sombra
de ángeles que vigilan,
guardianes de extraños paraísos, Anteros.

Vivir Londres, vivir la ciudad,
cada rincón, cada espacio
lleno de sueños.

Aquí, en este rincón singular de Londres, caminamos entre las tiendas dejándonos llevar por el bullicio, mirando cuanto nos rodeaba con esa curiosidad insaciable de quien sabe que se encuentra lejos de casa.

Pero la jornada comenzaba a pesar sobre nuestros pies. Habíamos recorrido millones de años por la mañana y varias caras de Londres durante la tarde. El cuerpo pedía descanso y la noche empezaba a cubrir los tejados.

Regresamos hacia el hotel y acabamos cenando en un restaurante libanés cercano. Llegamos cansados, pero felices, con esa hambre profunda que solo conocen quienes han caminado durante todo el día. Allí encontramos algo más que una mesa y una comida caliente. Encontramos amabilidad, cercanía y un lugar donde sentirnos acogidos. Pronto hicimos amistad con quienes nos atendían, y aquel restaurante terminó convirtiéndose en nuestro refugio nocturno. Durante los días siguientes regresaríamos allí una y otra vez para recobrar las fuerzas, contar lo vivido y cerrar cada jornada alrededor de la mesa.

Así terminó nuestro segundo día en Londres: bajo el esqueleto de una ballena llamada Esperanza (Hope), sobre la tierra estremecida por un terremoto imaginado, junto a Darwin y sus preguntas, tendidos sobre la hierba seca de Hyde Park, asombrados ante los escaparates de Harrods y envueltos por las luces de Piccadilly Circus.

Londres nos había mostrado aquel jueves muchos de sus rostros: el de la ciencia y el lujo, el de la naturaleza y la ciudad, el de la memoria y el movimiento. Y, cuando por fin regresamos al hotel, comprendimos que viajar no consiste solamente en conocer lugares. Viajar es permitir que cada lugar deje algo dentro de nosotros: una imagen, una emoción, un temblor.

Aquel día, Londres dejó en nuestra memoria la silueta imposible de una ballena volando bajo el techo de un museo.

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